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Escupir p’arriba

Recuerdo con total nitidez hace años, cuando no era más que una albondiguilla con el pelo a la taza que correteaba alegre por el parque frente a mi colegio de Coslada, el enigmático Agapito Marazuela. Siempre en mis pies una pelota, de esas míticas de plástico que emulaban los efectos imposibles del patentado “Tiro del Halcón” de Óliver Atom. Ya de pequeño apuntaba maneras y, entre mis compañeros de clase, solía alzarme con el MVP. A esas prontas edades si destacas en algo popular te acabas convirtiendo en un cretino arrogante que piensa que se puede mear en las manos de sus rivales sin consecuencias. Y no. La vida es muy puta, pero también muy sabia. Cuando menos te lo esperas te saca una lección que te valdrá para el futuro.

En aquellos días mi incipiente barriguita y yo aprendimos que no estaba bien burlarse de los niños que eran peores porque, en alguna parte del mundo, por muy bueno que seas en algo, siempre hay alguien que te da mil vueltas. En aquel caso mi némesis se encontraba en la clase de al lado, los odiosos de 1ºA. Yo era el que partía la pana en “B” y en los recreos dejaba constancia, marcando más goles de los que jamás se podrá inventar Romario. Aunque la lección me la dieron en otro deporte donde, creía, era TOP: las carreras (atletismo junior light). Era superrápido, en “polis y cacos” me partía la goma de todos. Como las carreras no eran más que una introducción a Educación Física, unas simples actividades predeportivas, las profes decidieron ponernos a todos en fila y mandarnos correr de una pared del patio a la otra a modo de calentamiento durante unos minutos. Cuando eres un canijo no conoces el significado de calentamiento, tu competitividad está al máximo, rayando con la agresividad y por la lucha por la jerarquía del grupo. Quieres ser el macho alfa aunque seas totalmente inconsciente de lo que se trata. Yo, iluso, quemé todas mis energías en ese calentamiento para nada, pues al final las profes nos premiaron a todos con pegatinas verdes cuadradas en la frente. Había quedado de primero sobradamente en una carrera donde lo importante, más que nunca, había sido participar. Mi gozo en un pozo. Hasta que una de las profes sacó más pegatinas del bolsillo. Estas eran circulares y de varios colores: amarillas, rojas y azules. “¡Qué ingeniosas! ¡Podrían simular unas medallas! “. En efecto. Cada profe cogió a su clase y empezó un casting de mini-atletas. Entre ambas tendrían que elegir a seis alumnos: tres chicas y tres chicos. Los doce tendrían que disputarse la gloria de la pegatina amarilla. Empezaron las chicas, donde mis compañeras barrieron a la escoria “A”. Vítores y alhajas. Albricias y pan de Madagascar. Alegría y alboroto.

Entonces, llevado por el éxito de las chicas, cometí el gran error de reírme antes de tiempo y dar por ganada la “medalla de oro”. Señalé a mis rivales al más puro estilo Nelson Muntz y dije convencidísimo que iba a ganarles, que era mucho más rápido que ellos. Mis compañeros empezaron a gritar y a animarme. La presión se me echó encima y me bloqueé. Cuando la profe gritó al viento el “preparados, listos, ¡YA!” mi cuerpo tardó en reaccionar un segundo. Notaba las piernas más pesadas por el esfuerzo anterior y mi arrancada consistió en unos ridículos saltos hacia adelante. Era como si me hubiese olvidado de cómo se corría. Perdí un tiempo valiosísimo que me costó recuperar. La carrera consistía en salir del punto A, tocar la pared que sería el punto B y volver cagando virutas al punto A. Pues mis rivales iban en el punto B cuando dejé mis estúpidos saltos de ballet y espabilé. Recuerdo cada metro de aquella carrera, recuerdo la espalda de Alejandro, el mojabragas de “A”, recuerdo su camisa a cuadros marrones, verdes y rojos -muy hipster- a unos metros de mí, inalcanzable, cruzando la meta. Recuerdo aquella pegatina redonda amarilla en su frente, recuerdo como la profe le apartaba el flequillo para no pillarle ningún pelito. Álex se había hecho con la preciada medalla de oro y yo, muerto de rabia me quité el cuadrado verde y lo tiré al suelo. “Hay que saber perder”, “Lo has hecho muy bien”, “El año que viene seguro que ganas” me decía la profe. Pero no me consolaba, estaba lleno de ira homicida. Quería la revancha y la pedí y se me negó y casi me castigan de lo enfadado que estaba. Para colmo, faltaba la gota que colmó el vaso: El tal Álex se acercó a mí y, señalándome delante de todos, me preguntó “¿No decías que ibas a ganar?” Y lo repitió tantas veces que se me clavó como un dildo púrpura en cierta parte de la anatomía de una mujer u hombre vicioso. Desde aquel día no volví a participar en carreras de ningún tipo hasta bien entrada la pubertad.

Mi segunda experiencia fue en el trágico día del penalti de Djukic en el que, si no os importa, no profundizaremos. Durante una semana me dediqué a lucir mi camiseta del Depor del palo, cuyo escudo había que coser y que era más falso que los billetes de Dwight K. Schrute. La mayor parte de mis amigos eran del Madrid o del Barça y, precisamente a estos últimos, les dedicaba curiosos vaciles. No creo que haga falta rememorar punto por punto mis sensaciones antes, durante y después de aquel fatídico (puto) penalti.

La vida me había enseñado dos valiosas lecciones que a día de hoy siguen muy presentes. Hoy me gustaría regalarle esta entrada a todos/as aquellos/as que siguen disfrutando de las desgracias ajenas, pobres ilusos que parecen no recordar que todo lo que sube, baja y que, más tarde o temprano, los escupitajos que alegremente lanzan al aire les caerán en sus pútridos rostros de mongolos. Para muestra, un fotón:

Léfame Deluxe

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Categorías: Curiosidades y Bizarradas, Opinión | Etiquetas: , | 2 comentarios

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